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VIDA ETERNA A TU ALCANCE

(Séptimo Domingo de Pascua)
Domingo, 28 de mayo del 2017.

Si tú aspiras a poseer la vida eterna has de empezar cultivando vida en este mundo. Dios se hizo hombre en Cristo Jesús para darnos la misma vida que tiene Dios desde “antes que comenzara el mundo” (Juan 17:5).  Es decir, Dios se hizo hombre a fin de comunicarnos su  vida eterna (Juan 17:2).
Vida vs. muerte.
Aquel que trae vida al mundo se encuentra en una situación de confrontación con un mundo dominado por la muerte: “Padre, ha llegado la hora” (Juan 17:1), la hora en la que el mundo desencadena su poder contra aquel que trae la vida de Dios, la hora del poder que el mundo sabe usar muy bien: El poder de la muerte.
En efecto, muchas veces ocurre que el mundo mata al que trae la vida pero sólo para que éste resucite de la muerte y restaure en la humanidad la vida imperecedera que viene de Dios. Aquellos que restauran la vida son glorificados por Dios con la misma gloria que tiene Dios desde antes que comenzara el mundo.
¿Cómo alcanzamos la vida eterna?
Mediante el cumplimiento de “la obra que [Dios nos ha] encomendado”.(Juan 17:4). Para aspirar a la vida eterna hemos de hacer en el mundo las obras de Dios, es decir, perdonar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen, hacer el bien a los que nos hacen mal, liberar a los oprimidos.
Nadie que aspire a la vida eterna con sinceridad puede eximirse de hacer las obras de Dios.

(Por Jesús A. Diez Canseco).

CRISIS DE LÍDERES

(Cuarto Domingo de Pascua)
Domingo, 7 de mayo del 2017.

Si usted busca verdaderos líderes, ellos deben poseer los siguientes atributos:
– Tener vida en sí mismos. El verdadero líder ha de tener la capacidad de experimentar la plenitud de la vida, es decir, su vida debe estar sustentada en la unidad e igualdad humanas. Para los verdaderos líderes la vida es un tesoro que enriquece no sólo a ellos mismos sino también a todo el género humano.
– Mantener el compromiso de compartir su vida con sus semejantes. La fuerza que motiva a un verdadero líder es el deseo de compartir su vida con todos los demás. Tal motivación lo impulsa a dar su vida por sus seguidores. El líder hace un compromiso personal con sus seguidores, un compromiso basado en su identificación con sus seguidores.
– Conducir a sus seguidores a la vida. La función del líder consiste en ser un ejemplo personal para que sus seguidores vean lo que es la vida plena, con todas sus bondades y desafíos. La vida misma, por tanto, se ofrece como una meta para aquellos que siguen al verdadero líder. Los líderes se hacen uno con sus seguidores y esa unidad les permite alcanzar juntos la plenitud de vida.
Pero he aquí la gran tragedia: Los líderes que detentan el poder del mundo carecen de los atributos que deben tener los verdaderos líderes:
– Los líderes del mundo carecen de vida en sí mismos, por cuanto no existe vida en los líderes que sólo buscan la riqueza y el poder.
– Los líderes del mundo persiguen su propio beneficio sin importarles el bienestar de los demás.
– Los líderes del mundo levantan barreras que los separan de aquellos que deberían ser sus seguidores.
Los líderes del mundo son “ladrones y malhechores” que sólo vienen “a robar, matar y destruir” (Juan 10:8, 10). Ese tipo de líder es el que”no entra por la puerta… sino que salta por algún otro lado”(Juan 10:1).
Por el contrario, el líder verdadero se esfuerzapara que [los hombres] tengan vida y la tengan en abundancia”(Juan 10:10).

(Por Jesús A. Diez Canseco).

DIOS TE LLEVA MÁS ALLÁ DEL TIEMPO Y DEL ESPACIO

(Tercer Domingo de Pascua)
Domingo, 30 de abril del 2017.

La vida de Dios en el mundo no es simplemente un evento histórico, es, por sobre todo, una presencia real en los hombres. Por su presencia, Dios nos libera de nuerstras limitaciones de tiempo y de espacio, así como de las estructuras de opresión e injusticia. La presencia de Dios nos permite permite proyectarnos hacia el futuro en la continuidad de las generaciones. Sin esa presencia, nosotros sucumbiríamos ante las fuerzas destructivas del mal.
A través de su presencia en los hombres, Dios actúa como el autor de la historia misma, llenándola con su espíritu para que las acciones de los hombres en la historia sean la expresión verdadera de una vida de libertad y de unidad.
En virtud de la presencia de Dios en el hombre, los que detentan el poder del mundo dejan de ser los usurpadores de la historia, pierden el poder de tergiversar la historia, pierden el poder de presentarla como la justificación de la injusticia entre los seres humanos.
En el entendimiento de muchos, la vida de Dios en el mundo es percibida simplemente como una sucesión de acontecimientos históricos ocurridos en el tiempo y en espacio a “un profeta poderoso en obras y palabras… [a quien los hombres condenaron] a muerte” (Lucas 24:19-20). Si eso fuese así, tendríamos que concluir que después de los acontecimientos históricos no queda nada – “nosotros pensábamos que él sería el que iba a [liberarnos]” (Lucas 24:21) – a menos que reconozcamos que la presencia de Dios continúa en nosotros más allá de los eventos históricos, más allás del tiempo y del espacio.
Dios está más allá de la historia, más allá del tiempo y del espacio, más allá de los poderes del mundo. Por su presencia en el mundo, Dios demuestra que las fuerzas malévolas del mundo carecen del poder de controlar el curso de la historia humana.
Por su presencia, Dios nos concede la autoridad de controlar nuestros propios destinos en la verdad y en la libertad, para proyectarnos más allá del tiempo y del espacio.
La vida de Dios en la historia humana tiene sentido sólo cuando la reconocemos como una presencia que nos conduce a una presencia eterna; cuando la reconocemos como los esfuerzos que hace Dios para guiarnos hacia nuestra liberación, más allá de los límites del tiempo y del espacio (Lucas 24:25-27).

(Por Jesús A. Diez Canseco)

LA RESURRECCIÓN ES LA VERDADERA VIDA

(Segundo Domingo de Pascua)
Domingo, 23 de abril del 2017.

Vivir la resurrección no es algo irreal, ¡es el destino del hombre!: Consiste en una vida comunitaria sin exclusión de nadie.
El tipo de vida humana que da testimonio de la resurrección es aquella en la que Dios vive en todos los hombres: “Todos los que habían creído vivían unidos; compartían todo cuanto tenían, vendían sus bienes y propiedades y repartían después el dinero entre todos según las necesidades de cada uno” (Hechos 2:44-45).
Esta forma de vida es llamada “vida comunitaria” por cuanto es una vida dedicada a la “convivencia fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones” (Hechos 2:42). Es decir, es una vida en la que los seres humanos se respetan los unos a los otros, comparten sus bienes y viven en unión entre ellos y en unión con Dios.
La resurrección es una vida de unidad entre los seres humanos.
– Unidad de fe, por cuanto todos los hombres comparten una convicción, una motivación.
– Unidad de acción, por cuanto todos comparten en la producción y distribución de las riquezas.
– Unidad de esperanza, por cuanto todos comparten una misma meta: el bienestar de todos sin diferencia ni excepción.
Al rechazar la vida comunitaria, el mundo rechaza la resurrección.
En el mundo actual, la vida comunitaria está en flagrante contradicción con las formas de vida sociales basadas en la existencia de relaciones antagónicas entre los hombres ya sea a nivel individual o a nivel de entidades colectivas.
La resurrección individual y colectiva.
Al restaurar la vida en “común unidad” (vida en “comunidad”), tanto la persona individual como la colectividad humana vivirán la vida de la resurrección empezando en el mundo.

(Por A. Diez Canseco).

EL QUE ESTABA MUERTO AHORA VIVE

(Domingo de Pascua de Resurrección)
Domingo, 16 de abril del 2017.

Aceptar la resurrección implica aceptar que primero ha habido una muerte, y que aquel que estaba muerto ahora vive.
La muerte de Jesús es el preámbulo de su resurrección
En el sepulcro, Jesús es la víctima muerta por las maldades, las injusticias y los pecados de los hombres. En el sepulcro, Jesús denuncia las acciones de un mundo que rechaza la vida que él trae a la humanidad, un mundo empeñado en destruir todo lo que es bueno.
Por la resurrección de Jesús, Dios restaura la vida y la bondad para todos los hombres, demostrando así que el poder de la vida es mayor que el poder de la muerte.
El mundo actual prefiere permanecer en el sepulcro
Nuestro mundo glorifica al poderoso y oprime al débil,   instiga los conflictos entre personas y entre naciones. Nuestro mundo ha perdido el sentido de la verdad, del respeto y de la hermandad que debe existir entre los humanos. Por eso decimos que nuestro mundo prefiere permanecer en el sepulcro.
Desde su tumba, el mundo proyecta una falsa visión de lo que es la vida
Desde las profundidades de su sepulcro de muerte, de indiferencia y de opresión, el mundo pretende dar la apariencia de estar “vivo”. Para ello presenta a la muerte como si fuese vida, presenta a la injusticia como el estado “normal” de vida colectiva; presenta a la opresión como una condición necesaria para la existencia humana; presenta a la mentira como un substituto de la verdad; presenta a la indiferencia como un sedativo para vivir en “tranquilidad social”.
Sólo hay una manera de salir de la tumba y participar en la vida de Dios
Nosotros podremos salir de la tumba y participar en la vida de Cristo resucitado mediante la continuación de las obras que él hizo durante su vida terrenal: “Haciendo el bien y sanando a los oprimidos por el diablo” (Hechos 10:38), es decir liberando a los oprimidos de todos los males individuales y colectivos.
Si participas en la vida de Dios, puedes decir: “No, no moriré sino que viviré y contaré las obras del Señor” (Salmo 118:17).

(Por Jesús A. Diez Canseco).

LA VERDADERA LIBERACIÓN LLEGA A TI

(Domingo de Ramos)
Domingo, 9 de abril del 2017.

A lo largo de la historia humana hay etapas en las que el hombre vive bajo la forma de un esclavo, forma radicalmente opuesta a aquella en la que fue originalmente creado.
El ser humano toma la forma de esclavo a causa de sus propias acciones u omisiones:
– Cuando impone sobre otros seres humanos formas de vida basadas en la injusticia, en la opresión, en la mentira, en la mutua destrucción.
– Cuando deja de reconocerse a sí mismo como hijo de Dios.
– Cuando rompe los vínculos de unidad, paz, verdad y mutua comprensión entre los miembros de la humanidad.
– Cuando deja de buscar el bien común.
Dios, en Cristo Jesús, viene a este mundo de esclavitud con el propósito de liberarlo, es decir, para restaurar en el hombre la “forma” original en la que fue creado. Y por cuanto Jesús vino bajo la forma de un ser humano, tuvo que tomar la forma de un esclavo, porque esclavo es todo aquel que vive en un mundo de injusticia, opresión, mentira y destrucción: Cristo “siendo de condición divina, no codició el ser igual a Dios sino que se despojó a sí mismo tomando [la] condición de esclavo. Asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte como hombre…” (Filipenses 2:6-7).
La liberación de la humanidad es el fruto de los sacrificios que Dios mismo hace, es la expresión del amor infinito de Dios hacia todos los seres humanos. Los esfuerzos de Dios siempre producirán la verdadera liberación en todos los aspectos de la vida humana, individual y colectiva, en cuerpo y en alma.

(Por Jesús A. Diez Canseco).

USTED TIENE PODER SOBRE LA MUERTE

(Quinto Domingo de Cuaresma)
Domingo, 2 de abril del 2017.

Dios comparte con nosotros su poder sobre la muerte del siguiente modo: “El que cree en mí, aunque muera, vivirá. El que vive, el que cree en mí, no morirá para siempre” (Juan 11:25-26).
Por tanto, los beneficiarios de ese poder son los seres humanos: “Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos está en ustedes, el mismo que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que habita en ustedes” (Romanos 8:11).
Luego cabe preguntarnos: 1. ¿Quiénes no tienen el Espíritu de Dios? ¿Quiénes lo tienen?
1. ¿Quiénes no tienen el Espíritu de Dios?
“Los que viven según la carne” (Romanos 8:8). Esto es, aquellos cuya vida es opuesta a la de Dios, aquellos cuya vida está en contradicción al orden establecido por Dios (orden basado y realizado en la unidad y armonía entre los hombres).
“No hay sino muerte en lo que ansía la carne” (Romanos 8:6). Es decir, la carne ansía no sólo aquello que destruye al “cuerpo” sino que además aniquila todo intento del “espíritu” por morar en el “cuerpo”. Repetimos: Los que viven según la carne son aquellos que promueven la división y la destrucción entre los hombres.
2. ¿Quiénes tienen el Espíritu de Dios?
Los”que viven en el Espíritu” (Romanos 8:9), aquellos en quienes “el Espíritu de Dios habita”. Esto es, aquellos que por su modo de vivir “pueden agradar a Dios”, aquellos que promueven la justicia, la vida, la unidad y la paz porque “el espíritu anhela vida y paz” (Romanos 8:6).
Es lógico, por tanto, afirmar que nuestro cuerpo mortal tendrá vida verdadera sólo en virtud del Espíritu que habita en él, y que la ausencia del Espíritu nos dejará con cuerpos vacíos, cuerpos sin vida.
El mundo no quiere recibir el Espíritu de Dios
La destrucción del hombre por el hombre genera un mundo sin el Espíritu de Dios, un mundo que vive “en la carne”; y “no hay sino muerte en lo que ansía la carne”.
Al rechazar al Espíritu de Dios, el mundo se convierte en un “mundo vacío” que se ve en la necesidad de idolatrar todo lo que es mortal: La riqueza temporal y el poder mundano. Como resultado, el mundo engendra y, a la vez, oprime al pobre, al que sufre, al doliente, al desposeído (quienes son precisamente el producto de un mundo de muerte).
En un mundo donde el cuerpo lo es todo, la muerte del cuerpo es el final de todo, porque los que viven según la carne solo poseen la carne.
Infundir el Espíritu de Dios en el mundosignifica infundir la vida y la paz en todos. Una vez que el Espíritu de Dios se haga realidad en cada uno de nosotros y se manifieste en la vida colectiva de la humanidad entera, entonces traeremos la vida y la paz al mundo.
Una vez que el Espíritu de Dios habite en los hombres, sacaremos al mundo de su tumba y haremos que recobre la vida.
He aquí las tumbas que ha creado el mundo de la “carne”:
– El mundo de la carne ha sepultado a la paz en la tumba de la guerra.
– Ha sepultado a la justicia en la tumba de la injusticia.
– Ha sepultado a la igualdad en la tumba de la desigualdad.
– Ha sepultado a la verdad en la tumba de la falsedad.
– Ha sepultado a la unidad en la tumba de la división.
El poder de Dios que comanda “¡Lázaro, sal afuera!” (Juan 11:43), es compartido con nosotros para quepodamos decir:
“¡Paz, sal afuera!”, y la paz saldrá de la tumba de la guerra.
“¡Justicia, sal afuera!”, y la justicia saldrá de la tumba de la injusticia.
“¡Igualdad, sal afuera!”, y la igualdad saldrá de la tumba de la desigualdad.
“¡Verdad, sal afuera!”, y la verdad saldrá de la tumba de la falsedad.
“¡Unidad, sal afuera!”, y la unidad saldrá de la tumba de la división.
Cuando el Espíritu de Dios habite en nosotros, recuperaremos nuestro poder para derrotar a la muerte, y podremos decir: “¡Mundo, sal afuera!”, y el mundo saldrá de la tumba de la muerte.

(Por Jesús A. Diez Canseco)

EL ESPEJO NO MIENTE

(Cuarto Domingo de Cuaresma)
Domingo, 26 de marzo del 2017.

Cuando nos vemos en un espejo, tenemos que ver que: “En otro tiempo [éramos] tinieblas, pero ahora [somos] luz en el Señor. Pórtense como hijos de la luz, con bondad, con justicia y según la verdad, pues ésos son los frutos de la luz” (Efesios 5:8-9). Por tanto:
- Somos buenos por naturaleza (que es lo opuesto a ser malo por naturaleza). La bondad es innata a la naturaleza humana, y en los buenos frutos que producimos encontramos la realización de nuestra naturaleza. La maldad no puede producir buenos frutos.
- Somos justos por cuanto nuestra naturaleza se realiza en la justicia y la equidad en nuestras relaciones con nuestros semejantes. La justicia humana se define como la acción que, naciendo de nuestra voluntad (no de una imposición o ley externa), nos hace buscar el bienestar de nuestros semejantes antes que el bienestar propio.
Somos veraces pues nos definimos como lo que en verdad somos, no por lo que no somos. Esa verdad es la de ser hijos de Dios. Por tanto, si vivimos como hijos de Dios vivimos en la verdad. La verdad humana es la correspondencia entre lo que somos y la manera en que vivimos.
¿Puede el mundo ver lo que nos hace humanos?
La respuesta es un tajante ¡no!El mundo cierra intencionalmente los ojos ante aquello que nos hace propiamente humanos; el mundo no ve la bondad, la justicia y la verdad humanas. Cuando no vivimos de acuerdo a lo que nos hace humanos, es decir cuando no vivimos de acuerdo a nuestra bondad, justicia y verdad, estamos destruyendo nuestra condición humana, nos hacemos infrahumanos; nos hacemos “tinieblas” (Efesios 5:8).
Esfuerzos que el mundo hace para permanecer en las tinieblas
1. El mundo sólo está interesado en ver las apariencias; no “ve el corazón”. Dios, en cambio, “no ve las cosas como los hombres [es decir, como el mundo las ve]: el hombre se fija en las apariencias pero Dios ve el corazón” (1 Samuel 16:7). El mundo crea sus propias apariencias y con ellas queda satisfecho. El mundo ve como “justicia” lo que en verdad es injusticia; el mundo ve como “orden” lo que en verdad es caos; el mundo ve como “reconstrucción” lo que en verdad es destrucción, el mundo ve como “vida” lo que en verdad es muerte.
2. El mundo rechaza a aquellos que ven lo que realmente somos,rechaza a todo aquel que vive de acuerdo a nuestra bondad, justicia y verdad; de acuerdo con los atributos que hemos recibido de Dios.
3. El mundo pretende reducir a los hombres a un estado permanente de injusticia y opresión. Ante los ojos de los que ostentan el poder del mundo, aquel que sufre opresión debe quedar siempre reducido a la opresión, como si la opresión fuese el estado “normal” de vida humana. El opresor dice al oprimido: “No eres más que pecado desde tu nacimiento” (Juan 9:34).
Dios  pone su espejo frente a nosotros para que veamos lo que realmente somos: Hijos de la luz, dotados de bondad, justicia y verdad.

(Por Jesús A. Diez Canseco)

TRANSFÓRMATE EN UNA FUENTE DE AGUA VIVA

(Tercer Domingo de Cuaresma)
Domingo, 19 de marzo del 2017.

Es evidente que necesitamos agua para vivir, y cuando ella nos falta experimentamos la sed que es la angustiosa sensación que nos alerta de que nuestro organismo necesita agua. Cuanto más tiempo demoramos en satisfacer tal necesidad, más dolorosa se torna, y ocasionaría la muerte si en un determinado tiempo no ingerimos agua.
Es evidente también que si la persona ingiere, de manera regular y constante, el agua que necesita, tal persona no experimentará la angustiosa y dolorosa sensación de sed. En otras palabras, el agua consumida en cantidades adecuadas satisface la necesidad que de ella tiene el organismo, y elimina la angustiosa sensación de sed haciendo que la necesidad quede neutralizada. Sin embargo, la falta de agua hará que la necesidad reaparezca.
Del mismo modo en que el uso adecuado de una inagotable fuente de agua impide la aparición de la sed, así también una fuente inagotable de alimento impedirá la aparición de otra angustiosa sensación: el hambre. Este principio se aplica a todas las necesidades humanas; es decir, una vez satisfecha, la necesidad queda neutralizada. Una vez que los hombres logren satisfacer sus necesidades de manera regular y adecuada, entonces podremos decir que ellos habrán alcanzadola manera de impedir el sufrimiento que causa la insatisfacción de tales necesidades.
Dios es el agua viva y el que “beba del agua que yo le daré nunca volverá a tener sed” (Juan 4:14).
¿Cuál es esa agua viva?
Es el vínculo que mueve a los seres humanos a satisfacer mutuamente sus necesidades de modo tal que ninguna necesidad – física o espiritual – quede sin satisfacer y nadie sufra la angustiosa y destructiva experiencia de las necesidades no satisfechas.
Presentamos el siguiente ejemplo para clarificar el concepto de agua viva: La dedicación de los padres para con sus hijos. Con sus esfuerzos y sacrificios los padres proveen al hijo, de manera regular y adecuada, todo lo que éste necesita. Es, pues, la dedicación de los padres lo que hace que desaparezcan los efectos angustiosos y destructores de las necesidades no satisfechas.
Esta dedicación incondicional y generosa de los padres es la fuente de agua viva que satisface las necesidades de los hijos. Y, puesto que los hijos aprenden del ejemplo de los padres, aquellos se convierten en agua viva para sus padres.
El agua vida fluye como resultado del trabajo que los hombres dedican al bien común: “El sembrador también participa en la alegría del segador” porque los dos comparten los frutos de sus trabajos (Juan 4:36, 38).
¿Cómo satisface el hombre su hambre y sed de Dios?
Haciendo la voluntad de Dios y llevando a cabo su obra (Juan 4:34), voluntad y obra que constituyen la fuente de agua viva de la que viven todos. La obra ha realizar consiste en dar a la humanidad la capacidad de vivir en un mundo donde todos satisfagan mutuamente sus necesidades.
El mundo actual se opone a generar agua viva
Nuestro mundo ha convertido la posesión de los bienes materiales (cuyo único propósito es satisfacer las necesidades de todos) en un privilegio exclusivo de una minoría. Consecuentemente, muchos no pueden satisfacer sus necesidades, muchos padecen de hambre, de enfermedad, de sed; muchos trabajadores producen la riqueza pero son despojados de ella y forzados a subsistir en condiciones infrahumanas.
Así como nuestro cuerpo físico necesita agua para vivir, así también, la colectividad humana necesita paz y unidad para vivir, es decir, todos necesitamos del agua viva. Sin embargo, la humanidad se “muere de sed” porque son los propios hombres los que privan a otros del agua viva que necesitan para vivir.
Dios comparte su agua viva contigo, esa agua que también tú debes compartir con tus semejantes, esa agua que satisface todas nuestras necesidades (materiales y espirituales), esa agua que hace que te conviertas en fuente “que salta hasta la vida eterna” (Juan 4:14).

(Por Jesús A. Diez Canseco)

LAS POTENCIALIDADES DE TU NATURALEZA HUMANA

(Segundo Domingo de Cuaresma)
Domingo, 12 de marzo del 2017.

Si la naturaleza humana no tuviese la potencialidad de brillar como el sol, Dios no habría tomado nuestra naturaleza humana.
Así es cómo Dios muestra su naturaleza ante ojos humanos: “su cara brillaba como el sol y su ropa se volvió blanca como la luz”(Mateo 17:2). Lo que hace que el rostro de Dios brille como el sol y su ropa sea blanca como la luz es su verdad, sus obras, su dedicación a la justicia y su bondad.
Nosotros podremos transfigurar nuestra naturaleza humana poniendo fin al estado de división y desigualdad en que nos encontramos sumergidos, haciéndola que vuelva a brillar como el sol, que vuelva a ser blanca como la luz. La naturaleza humana tiene la capacidad de ser receptora de los atributos de Dios, es decir, receptora de un Dios de quien recta es su palabra “y verdad toda obra de sus manos”, de un Dios que “ama la justicia y el derecho, y la tierra está llena de su gracia” (Salmo 33:4-5).
Sin embargo, la acción destructora del mal ha degradado tanto nuestra naturaleza humana que ahora parece casi imposible restaurar la bondad que Dios le dio desde el principio.
La restauración de la bondad de nuestra naturaleza humana
Para restaurar la bondad de nuestra naturaleza humana hemos de seguir esta guía:
– Hemos de verla tal como es: brillante “como el sol… blanca como la luz”.
– Hemos de tener la convicción de que Dios está unido a la naturaleza humana. Dios nos revela esta unión cuando dice: “¡Este es mi Hijo, el Amado!” (Mateo 17:5). La naturaleza humana – cada persona – comparte del resplandor de la bondad de Dios.
– Hemos de aceptar que la naturaleza humana alcanza su plenitud cuando está unida a Dios. En virtud de que somos hijos de Dios, él se complace en todos nosotros (Mateo 17:5). No hay nada que mejor pueda definir la grandeza de la naturaleza humana que su unidad con Dios; la unidad que complace a Dios.
– Hemos de escuchar a Dios (Mateo 17:5), por cuanto al escucharlo nos hacemos como él.
Tenemos que restaurar la bondad de nuestra naturaleza humana
Aquel que a  hacer suya la luz de Dios ha de estar dispuesto a sufrir “por el evangelio, sostenido por la fuerza de Dios” (2 Timoteo 1:8). Aquellos que luchan luchan contra el mal y la muerte, también brillarán “como el sol… y [serán] blancos como la luz” .
Más aún, aquellos que adquieren las cualidades de Dios (Es decir, aquellos que se esfuerzan en participar de su transfiguración) se verán liberados de todo mal, ya que son llamados a participar en la”gracia que Dios nos dio desde toda la eternidad en Cristo Jesús.” (2 Timoteo 1:9).

La luz que irradia de Dios restaura las potencialidades de nuestra naturaleza humana y la hace brillar como el sol.

(Por Jesús A. Diez Canseco)