CÓMO DESTRUIR EL MAL

(Vigésimo Tercer Domingo de Tiempo Ordinario).
Domingo, 10 de septiembre del 2017.

Para que exista el mal se requiere de dos o más personas que causen daño a su dignidad humana: El  agresor y la víctima.
– El agresor daña su propia dignidad humana por cuanto ofende la dignidad de otro.
– La víctima del mal daña su dignidad humana cuando responde de manera retaliativa contra el agresor.
¿Cómo frenar el avance del mal?
“Si tu hermano llega a pecar [ha cometido un mal o daño contra ti], vete y repréndelo a solas, tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano” (Mateo 18:15).
Está, pues, en manos de la víctima (o víctimas) poner freno al mal, corregir los efectos dañinos del pecado: Acercándose al autor del mal (entendido como un individuo o una nación), abriendo la comunicación con él con el propósito de que éste ponga fin a sus actos malignos.
Si el autor del mal le pone fin, entonces el mal deja de tener control sobre el autor. por su parte, la víctima, al descartar la venganza, pone freno al círculo vicioso del mal. En otras palabras, el mal ha sido derrotado: Tú “habrás ganado a tu hermano”.
Para derrotar al mal tenemos que aceptar que todos somos hermanos (hijos de un mismo Padre). La aparición del mal siempre ocurre entre hermanos, es decir, el pecado surge cuando un hermano hace un mal a otro hermano. La enemistad entre ellos surge sólo cuando la víctima se niega a ir a su hermano y comunicarse con él, es decir cuando la víctima se niega a ganarse a su hermano. Una vez que los dos hermanos se convierten en enemigos, desde ese momento el pecado toma posesión de ambos.
Si el autor del mal no pone fin a sus actos malignos (“no escucha”), la víctima, después de haber agotado todos los medios pacíficos existentes, deberá tratar al ofensor como si fueraun pagano o un publicano (Mateo 18:17). Y, ¿Cómo trató Jesús a los paganos y publicanos? ¡Dando su vida por ellos!
Dios nos advierte: “Si yo digo al malvado: ‘Malvado, vas a morir sin remedio’, y tú no le hablas para advertir al malvado que deje su conducta, él, el malvado, morirá por su culpa, pero de su sangre yo te pediré cuentas a ti”(Ezequiel 33:7-9).
Cuando los hombres se reúnen en el nombre de Dios, ellos dejan de destruirse los unos a los otros, el mal deja de existir entre ellos.

(Por Jesús A. Diez Canseco).