EL MEJOR FRUTO DE TU ESFUERZO

(Cuarto Domingo de Adviento).
Domingo, 24 de diciembre del 2017.

La experiencia humana nos demuestra que nuestras mejores obras son el producto de nuestros mejores esfuerzos. María nos enseña a dar los frutos que ella dio. Ella se hizo “la esclava del Señor” (Lucas 1:38) para dar a la humanidad el fruto de su vientre: Jesús. El fruto de María es Dios en el mundo.
Es, pues, apropiado que dediquemos nuestros esfuerzos a imitar a María para que nosotros también traigamos a Dios al mundo.
¿Cómo es posible que un ser humano pueda traer a Dios al mundo?
A primera vista esto parece imposible. Tan imposible que María tuvo necesidad de preguntar: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” (Lucas 1:34). Esta pregunta no es una expresión de duda respecto al poder de Dios sino, más bien, es un reconocimiento de nuestras limitaciones humanas.
Ahora, hagamos la misma pregunta con diferentes palabras: ¿Cómo será posible que un ser humano traiga al Dios de la bondad , de la justicia y de la compasión absolutas a un mundo dominado por el mal y la muerte? A primera vista esto parece imposible. Mas, he aquí la respuesta: “… no hay nada imposible para Dios” (Lucas 1:37).
Esa es la esperanza y la realidad que María nos ofrece bajo la forma del fruto de su vientre. Esa es la esperanza y la realidad que todos hemos de dar al mundo bajo la forma del fruto de “nuestro ser”.
Los seres humanos necesitamos fuerza para traer al mundo la vida y la liberación de Dios. Dios mismo nos da la fuerza para ofrecer a todas las naciones la “revelación de un misterio mantenido en secreto durante siglos eternos, pero manifestado al presente, por las Escrituras que lo predicen, por disposición del Dios eterno” (Romanos 16:25-26).
María escuchó y dio su consentimiento a Dios.
Así como María escuchó y dio su consentimiento a Dios que le pedía dar al mundo el fruto de su vientre (el fruto de la vida y la liberación), así de esa misma manera, nosotros hemos de escuchar la voz de Dios y darle nuestro consentimiento para que su voluntad se cumpla en el mundo por medio de nosotros.

(Por Jesús A. Diez Canseco).