LA HUMILDAD

(Vigésimo Segundo Domingo de Tiempo Ordinario)
Domingo, 28 de agosto del 2016.

La humildad es un modo de vida que permite a una persona hacerse igual a aquellos que sufren desigualdad para que la más alta dignidad humana sea restaurada en todos. En otras palabras, el humilde restaura la igualdad de manera tal que nadie es superior o inferior a otros en ningún aspecto de la vida humana. El humilde hace posible la plenitud de vida para todos. El humilde comparte lo que es él con todos los demás. La humildad define lo que la persona es en verdad.
Es necesario aspirar a la humildad porque: “Mientras más grande seas, más debes humillarte; así obtendrás la benevolencia del Señor” (Sirácides 3:18). Esto significa que cuanto más grande es un hombre, ha de ser más persistente en que los demás sean como él. Eso es vivir la humildad.
Cuando Dios se hizo hombre, nos dio el modelo de humildad por cuanto siendo plenitud de bondad, consideró apropiado darnos la virtud de que seamos buenos como él. Al hacerse hombre, Dios nos dio un ejemplo de la perfecta humildad no tanto por las cosas que nos da sino porque él se da a sí mismo.
El mundo se opone a la humildad
Los que ostentan el poder del mundo se esfuerzan sobremanera en hacerse diferentes de los humildes. A los que carecen de humildad les sobra arrogancia; para ellos el fuerte es primero, el débil queda al último; el rico vale mucho, el pobre no vale nada. La carencia de humildad, pues, genera una humanidad pervertida.

(Por Jesús A. Diez Canseco)