LA MEJOR MANERA DE CELEBRAR LA NAVIDAD

(Cuarto Domingo de Adviento)
Domingo, 18 de deciembre del 2016.

Celebremos la navidad tal como la celebró María:
1. Aceptando la responsabilidad de traer a Dios al mundo
Así como María dio a luz al Hijo de Dios, así también todos los seres humanos pueden traer a Dios al mundo a través de los esfuerzos que hagan para liberar a un mundo que camina por senderos de muerte.

2. Aceptando la responsabilidad de dar nombre a Dios
Del mismo modo en que María dio a su hijo el nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros” (Mateo 1: 23), así también nosotros podemos llamar a Dios: “Dios-con-nosotros” cuando vivimos la realidad de que “Dios está en nuestra naturaleza humana”. Por el contrario, aquel que no vive la realidad de que “Dios está en nuestra naturaleza humana” no puede darle a Dios el nombre: “Dios-con-nosotros”.
Más aún, al reconocer que el nombre de cada persona es “Dios está en nuestra naturaleza humana”, estamos reconociendo que la grandeza de todas las personas está fundada en la grandeza del nombre que llevan. De modo que ninguna persona (individualmente) poseerá la plenitud de la vida humana, a menos que todos los hombres (como comunidad humana) posean la plenitud de la vida.

3. Aceptando la responsabilidad de servir como instrumentos para la salvación de la humanidad
De la misma manera en que María aceptó participar en los esfuerzos de Dios para salvar “a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1: 21) (es decir para salvar a su pueblo de toda forma de maldad), así también nosotros hemos de participar en los esfuerzos de Dios y de todos aquellos que luchan por restaurar la bondad de la naturaleza humana.
Participar en los esfuerzos de Dios significa comprometerse fiel y plenamente con el plan de Dios para salvar a su pueblo. María y José cumplieron con ese compromiso manteniendo la unidad entre ellos y la unidad con Dios en el plan para salvar a su pueblo. María y José demuestran que no podemos estar unidos con Dios si es que no estamos unidos con nuestros semejantes.

(Por Jesús A. Diez Canseco)