LA RIQUEZA PUEDE DARTE MUERTE O VIDA

(Vigésimo Octavo Domingo de Tiempo Ordinario)
Domingo, 14 de octubre de 2018

Depende de usted escoger la riqueza que da muerte o la que da vida.
La riqueza que da muerte es la que no se comparte con todos; es la riqueza que un individuo acapara para sí mismo más allá de lo que es necesario para la satisfacción de sus necesidades; es la riqueza de aquel que no puede desprenderse de ella, de aquel que no puede compartirla con los pobres. En otras palabras, la riqueza del mundo es la que no se usa para la satisfacción de las necesidades de todos.

Si compartes la riqueza, morirás

Decirle al hombre rico: “Anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres” (Marcos 10:21), significa tu riqueza pertenece a los que la necesitan. La riqueza que ocasiona la muerte es, pues, aquella que es acumulada en pocas manos.
El hombre rico se aferra a su riqueza  de manera tal que no puede vivir sin ella. Hay, pues, una adicción, una dependencia muy difícil de eliminar: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios” (Marcos 10:25). La riqueza del mundo se vuelve contra el que la posee.
La riqueza que da vida  va más allá de la posesión de bienes materiales. Esta riqueza  empieza cuando el hombre destina los bienes materiales a la satisfacción de las necesidades de todos. Si el hombre rico hubiese vendido su riqueza y la hubiese dado a los pobres, habría puesto así fin a la riqueza que da muerte y ganado para sí la riqueza que da vida.

Compartir la riqueza te da vida

La riqueza que da vida resulta de la igualdad, la unidad y el servicio a los demás. Esta riqueza no toma posesión sobre las personas, sino que, por el contrario, produce enormes beneficios: “nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda” para poseer la riqueza que da vida, “quedará sin recibir el ciento por uno: ahora en el presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna” (Marcos 10:29-30).

(Por Jesús A. Diez Canseco)