OREMOS POR LA JUSTICIA PARA TODOS

(Vigésimo Noveno Domingo de Tiempo Ordinario)
Domingo, 16 de octubre del 2016.

A aquellos que oran a Dios sin desanimarse, “Dios… les hará justicia pronto” (Lucas 18:8).

Toda oración de justicia pasa por las siguientes etapas:
1. El conocimiento de nuestra naturaleza humana. El proceso comienza con el conocimiento de nuestra propia naturaleza humana, es decir, con el conocimiento de lo que somos: ¡Somos los “elegidos” de Dios! (Lucas 18:7) y, como tales, llamados a vivir en unidad, paz, respeto mutuo e igualdad; llamados a compartir todo lo que somos y todo lo que tenemos para beneficio del bien común.
2. Conciencia de que hemos sufrido una pérdida. Hemos de tener plena conciencia de haber sufrido la pérdida denuestra condición de ser los elegidos de Dios. Aún más, hemos de tener una profunda convicción de que esa pérdida nos convierte en personas incompletas.
La destrucción mutua y las divisiones en la sociedad nos demuestran que hemos perdido nuestra condición de ser hijos de Dios, por cuanto la unidad entre los seres humanos es señal de nuestra filiación divina.
3. Convicción de que tenemos que recuperar lo que hemos perdido a fin de recobrar nuestra integridad humana.
Había en un pueblo una viuda que, con plena conciencia de su debilidad y necesidad, exige persistentemente, ante un juez, que se le haga justicia. ¡Y justicia recibe! (Lucas 18:1-5). La presencia de los pobres, de los débiles, de los dolientes, de los oprimidos del mundo debe hacernos comprender que necesitamos ejercer nuestro derecho a reclamar justicia y recuperar lo que hemos perdido.
4. Nuestra oración de justicia es presentada a Dios, quien al tomar la naturaleza humana se hizo uno de nosotros. Por cuanto Dios ya está en nosotros, nuestras oraciones tienen la capacidad de brotar y recaer sobre nosotros mismos, sobre la raza humana con el propósito de restaurar, individual y colectivamente, nuestra dignidad de ser los elegidos de Dios.

La oración de justicia no sólo es la voz del que ora sino también la voz de Dios que vive en nosotros. En otras palabras, el clamor contenido en nuestra oración es el clamor de Dios mismo que quiere darnos su justicia.

(Por Jesús A. Diez Canseco)