RECONSTRUYE TU CUERPO

(Tercer Domingo de Cuaresma).
Domingo, 4 de marzo del 2018.

Reconstruye tu propio cuerpo para que puedas vivir plenamente.
Hay que reconstruir también el cuerpo de la humanidad para poder sobrevivir, aunque nos cueste mucho sufrimiento, de la misma manera en que Dios reconstruye el Templo – su propio Cuerpo – para preservarlo.
1. Dios reconstruye su Templo. Cuando los hombres destruyen a los hombres (es decir, cuando destruyen el Templo), Dios expulsa del “Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas” (Juan 2:14), Dios expulsa a los que valoran al dinero más que a los seres humanos. Las acciones de fuerza desplegadas por Dios recayeron sobre sí mismo, sobre su propio Cuerpo, por cuanto todos los hombres (incluso los que destruyen el Templo) son parte de Dios.
Toda persona que se reedifique a sí misma sobre las ruinas causadas por el mal, está restaurando su propio ser por medio del sacrificio personal.
Todos tenemos la responsabilidad de reconstruir el cuerpo de la humanidad, el Templo de Dios, con total dedicación porque “el celo por tu casa me devora” (Juan 2:17).
Pero los poderosos del mundo se opone a la reconstrucción: “‘¿Qué signo nos muestras para obrar así?'” (Juan 2:18). Los que no quieren aceptar que la humanidad es el Templo de Dios, saben bien que el mundo pertenece a la humanidad por eso ellos no tienen otro recurso que negar que el Templo de Dios se identifica con la humanidad.
Por cuanto Dios creó al mundo, no para que sea propiedad de un grupo reducido, sino para que sea de todos los hombres, éstos deben reconstruirlo cada vez que su naturaleza es alienada: “Destruyan este santuario y en tres días lo levantaré” (Juan 2:19).
2. Dios reconstruye el Templo de la humanidad devolviéndole la vida cada vez que la pierde. Ante la realidad de un mundo que se destruye por acción de aquellos que fomentan la destrucción, Dios nos revela signos de reconstrucción, signos que nos hacen ver que la humanidad recobrará la vida.
He aquí esos signos: Los hombres purificaremos y reconstruiremos nuestro mundo (nuestro cuerpo) solamente cuando aceptemos que todos somos miembros de un solo Cuerpo, miembros de una unidad indivisible, decididos a renunciar a todo aquello que nos divide y destruye.

(Por Jesús A. Diez Canseco)