SANADO EN CUERPO Y ALMA

(Vigésimo Octavo Domingo de Tiempo Ordinario)
Domingo, 9 de octubre del 2016.

“¿No han sido sanados los diez? ¿Dónde están los otros nueve?” (Lucas 17:17). De los diez leprosos que fueron sanados sólo uno volvió para glorificar a Dios, y de ese modo, su alma también quedó sana. Uno de los que quedaron sanos “volvió de inmediato alabando a Dios en voz alta” (Lucas 17:15), fue el único que comprendió que su restaurada salud tenía que ponerla al servicio de Dios – para que éste pueda continuar su obra de salvación.
El que volvió fue capaz de comprender que había establecido una relación con Dios, y que además necesitaba reestablecer su relación con los demás seres humanos, ya que esta relación había estado anteriormente truncada por la enfermedad de la lepra.
El servicio a Dios y a la humanidad es la razón de ser de la prosperidad de los hombres tanto individual como colectivamente. Después que el hombre recupera la salud puede reconocerse comoun “servidor [que] no ofrecerá más sacrificios u holocaustos a otros dioses sino sólo a Yavé” (2 Reyes 5:17).
Los pueblos y las naciones del mundo podrán sanar de sus males cuando nos relacionemos los unos a los otros como Dios se relaciona con nosotros. Es nuestro deber reconocer que la salud, la justicia y la paz sociales quedarán plenamente restauradas sólo cuando ellas beneficien a todos sin excepción.
Así es cómo Dios se relaciona con el hombre: Restaurando la vida en donde hubo muerte, la salud en donde hubo enfermedad, la justicia en donde hubo injusticia, la paz en donde hubo guerra. Una vez que Dios nos rescata de la muerte “también viviremos con él” (2 Timoteo 2:11). Dios cura a la humanidad de todos sus males cuando colaboramos con él y nos ponemos al servicio de nuestros semejantes.
Aquellos que vuelven a Dios para poner todas sus fuerzas, su salud, sus posesiones, sus talentos al servicio de los demás, son los que se levantarán; su fe los ha salvado (Lucas 17:19).

(Por Jesús A. Diez Canseco)